Relato 003

El reflejo de las farolas

Desconocidos11 min🔥🔥🔥🔥

Dos desconocidos comparten un autobús nocturno hacia Portugal. La oscuridad transforma el asiento 14 en un secreto.

Dos asientos de autobús nocturno junto a una ventana lluviosa y una chaqueta de paño
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El autobús olía a aire acondicionado forzado y a los restos de un bocadillo de atún que alguien había abierto en la primera parada. Me había subido en Madrid con dos horas de retraso por un accidente en la A-1, y cuando encontré mi asiento —el 14, pasillo— ya estaba ocupado por un hombre que dormitaba con la cabeza apoyada en la ventanilla, una chaqueta de paño gruesa doblada sobre las piernas como si fuera un animal domesticado. Tenía la barba de varios días, canosa en las sienes, y unas manos grandes que descansaban sobre sus muslos con una quietud que contrastaba con el traqueteo del vehículo.

—Disculpe —dije, y mi voz sonó más aguda de lo que pretendía, con el cansancio de una jornada de diez horas en la oficina de traducción jurada.

Abrió los ojos. No fue un sobresalto, sino un despertar lento, de quien está acostumbrado a dormir en sitios incómodos.

—El catorce es el de la ventana —murmuró, con una voz que parecía salir de un sótano—. Yo me he equivocado. Pensé que nadie ocuparía el de al lado.

—No pasa nada. Puedo quedarme en el pasillo.

—No. Es suyo.

Se levantó, torpe en el espacio reducido, y nos cruzamos en una coreografía de rodillas y codos. Olía a jabón neutro, a café rancio, a algo terroso que no supe identificar. Cuando me senté, noté que su chaqueta quedó entre nosotros, una barrera blanda sobre el reposabrazos compartido. El autobús arrancó con una sacudida que nos empujó uno contra el otro. Nuestros hombros chocaron. Se apartó de inmediato, murmurando otra disculpa.

—No se preocupe. Llevamos ocho horas por delante.

—Hasta Lisboa —confirmó, frotándose la cara—. Yo bajo en Coímbra.

—Yo en Oporto.

El autobús se sumió en la monotonía de la carretera, y yo saqué el libro que no tenía intención de leer. Era una biografía de una poetisa rusa, pesada, con letra pequeña. Lo abrí por la página cincuenta, donde llevaba tres meses atascada. A mi izquierda, él volvió a cerrar los ojos, pero no del todo. Veía sus párpados temblar, la mandíbula tensa. No dormía. Solo fingía.

Las luces de la carretera entraban por la ventanilla en intervalos regulares, proyectando rectángulos naranjas que se deslizaban por el techo como dedos fantasmales. Cada vez que una farola iluminaba su perfil, notaba algo nuevo: la cicatriz pequeña sobre la ceja, el hoyuelo que aparecía solo cuando fruncía el ceño, la forma en que su mano izquierda se cerraba en puño cada vez que el conductor frenaba.

A las once, el auxiliar apagó las luces interiores. La oscuridad fue total salvo por los móviles de tres o cuatro pasajeros que aún no se rendían. Yo dejé el libro. El hombre se movió, buscando una posición imposible, y su rodilla rozó la mía.

—Perdón —susurró.

—El pasillo es estrecho —respondí, tan bajo que mi voz parecía parte de la respiración.

Diez minutos después, cuando el autobús tomó una curva amplia, nuestros hombros volvieron a tocarse. Esta vez ninguno se movió. Quedamos así, pegados por la fuerza centrífuga, el calor de su cuerpo filtrándose a través de mi jersey. Cuando la carretera se enderezó, el hombro se separó, pero no del todo. Quedó a un centímetro, una proximidad que podía ser casual o deliberada.

—¿Va mucho a Oporto? —preguntó, sin abrir los ojos.

—A ver a mi hermana. Vivo en Madrid pero ella se mudó hace tres años. Usted, ¿a Coímbra por trabajo?

—Por sobras. Mi madre está en una residencia. Voy cada mes, aunque no sé si me reconoce ya.

La franqueza me sorprendió. La gente no suele contar esas cosas a extraños en autobuses. Quizá la oscuridad lo facilitaba. Quizá la certeza de no volver a verse.

—Lo siento.

—No lo sienta. Es la vida. Lo peor es el viaje. Ocho horas pensando en lo que encontraré.

—¿Y qué encontrará?

Abrió los ojos. Una farola lo iluminó justo entonces, y vi que eran de un color verdoso, con pequeñas venas rojas en los blancos. Me miró directamente.

—Una mujer vieja que me confunde con mi padre. Pero bueno, al menos voy.

Sonreí. No fue una sonrisa de lástima. Fue de reconocimiento, de complicidad entre dos adultos que saben que la vida no es un cuento.

—Soy Daniela —dije, y me arrepentí de inmediato. Dar el nombre propio en un autobús nocturno era una intimidad que no había previsto.

—Andrés —respondió.

Volvimos al silencio. Pero ahora era diferente. Tenía nombre. Tenía una madre enferma en Coímbra. Y tenía una rodilla que, poco a poco, fue acortando la distancia con la mía hasta que volvieron a tocarse. Esta vez ninguno dijo «perdón».

A la una de la mañana, el autobús paró en un área de servicio en medio de la nada. Las luces de la gasolinera eran un insulto amarillo después de tantas horas de oscuridad. El auxiliar anunció veinte minutos de descanso. La mitad de los pasajeros bajó a fumar o a comprar cafés de máquina. Yo me quedé. Andrés tampoco bajó.

—¿No fuma?

—Lo dejé hace diez años. A veces bajo solo para estirar las piernas, pero hace frío ahí fuera.

Se quitó la chaqueta de las piernas. La dobló cuidadosamente, pero una esquina quedó sobre mi muslo. La tela era áspera, pesada, olía a él. No la aparté.

—¿Y usted? ¿No necesita café?

—Si bebo café ahora, no duermo en tres días. Mi hermana me espera a las seis para ir al mercado.

—Eso es sadismo.

Se rio, una risa baja, casi un bufido. Cuando el autobús se vació, el silencio cambió. Dejó de ser el silencio de la multitud dormida para convertirse en el de dos personas solas en un espacio grande. Andrés se giró ligeramente hacia mí.

—Daniela —dijo, probando mi nombre—. ¿Es usted de las que duermen en autobuses?

—Nunca. Mi cerebro no entiende por qué se mueve la cama.

—Yo tampoco. Entonces tenemos cuatro horas por delante sin nada que hacer.

Sus ojos se encontraron con los míos. En un destello vi que su mirada había bajado a mi boca antes de volver arriba.

—Podemos seguir fingiendo que dormimos —dije, y no supe de dónde salió la provocación.

—¿Y qué ganamos con eso?

—La paz de no saber qué decir.

—A mí no me da paz. Me da curiosidad.

El autobús se llenó de nuevo. Gente con olor a tabaco frío, a café derramado, a sueño interrumpido. El motor rugió y volvimos a la carretera. Ahora la oscuridad era más densa y los pasajeros habían sucumbido.

Andrés y yo estábamos más cerca que antes. Nuestros muslos se tocaban de forma continua, una línea de calor que subía desde la rodilla hasta la cadera. Sus manos descansaban sobre el reposabrazos, y las mías también. Los dedos quedaron a centímetros.

—Tiene las manos frías.

—Siempre. Circulación de mierda.

—¿Puedo…?

No terminó la frase. Su mano se movió, lenta, y cubrió la mía. Sus dedos eran cálidos, ásperos en las yemas. No los entrelazó con los míos. Solo cubrió mi mano, como quien prueba la temperatura del agua. Y la dejó ahí.

Miré hacia delante. Nadie nos veía. La fila anterior tenía los asientos reclinados. A la izquierda, la ventanilla reflejaba vagamente nuestros perfiles, pero el cristal estaba empañado por la respiración de treinta personas dormidas.

Andrés movió el pulgar y frotó el dorso de mi mano con un movimiento circular. Lo repitió. Cada fricción enviaba una descarga que subía por mi antebrazo y se instalaba en la base del cuello.

—Andrés.

—Dígame.

—No sé qué está haciendo.

—Yo tampoco. Pero no quiero parar.

Giré la mano y entrelacé nuestros dedos. Su agarre se fortaleció. Llevaba años sin que un desconocido me tocara con intención, sin que alguien que no conocía mi historia, mis defectos ni mi rutina decidiera que mi piel valía la pena.

Su otra mano cayó sobre mi muslo cuando el autobús tomó una curva. Se quedó inmóvil, esperando. Yo no me aparté. Sus dedos se cerraron lentamente sobre la tela y subieron unos centímetros.

—¿Está bien? —preguntó, tan bajo que fue más un movimiento de labios que sonido.

Asentí. No confiaba en mi voz.

La chaqueta se deslizó hasta cubrir nuestras piernas. Debajo de aquella tela pesada, cada movimiento parecía más secreto y cada pausa más intensa. Le susurré que allí no podíamos. Él contestó que nadie miraba, pero se detuvo. Solo siguió cuando tomé su mano y la acerqué de nuevo.

Lo que ocurrió después perteneció a la oscuridad: manos que aprendían deprisa, respiraciones contenidas y el paso rítmico de las farolas revelándonos apenas un instante para volver a ocultarnos. No hubo palabras bonitas ni promesas. Solo preguntas susurradas, respuestas inequívocas y la conciencia vertiginosa de estar haciendo algo que terminaría con el viaje.

Nos buscamos bajo la chaqueta con una urgencia silenciosa, pendientes de los ronquidos, del motor y de cualquier movimiento en el pasillo. Cuando el placer llegó, lo hizo sin espectáculo: tuve que esconder la cara contra el respaldo y Andrés transformó un sonido en tos al último segundo. Después quedamos quietos, respirando como si acabáramos de correr.

Pasaron minutos. El autobús siguió su marcha. Andrés se ajustó la ropa con movimientos torpes. Luego tomó mi mano. No para repetir nada. Solo para sostenerla, con los dedos entrelazados, con una ternura que me dolió en el pecho.

—Gracias —dijo al fin.

—No hay de qué.

—No. Gracias de verdad. Llevaba mucho tiempo sin sentirme deseado.

—Yo también.

No hablamos más. Nos quedamos así, con las manos unidas sobre el reposabrazos compartido, mirando la carretera a través del parabrisas lejano, viendo las farolas pasar una tras otra, contando las luces sin contarlas.

A las cuatro y media, el autobús paró en otra área de servicio. Esta vez Andrés bajó. Cuando volvió, traía dos cafés de máquina. Me ofreció uno.

—Está frío. Y sabe a cartón.

—Me encanta el cartón —respondí, y bebí un sorbo.

A las cinco y cuarenta, cuando el cielo empezaba a teñirse de un gris sucio por el este, anunciaron la próxima parada: Coímbra. Andrés se puso la chaqueta, recogió una mochila pequeña de debajo del asiento y se levantó. El pasillo estaba oscuro, lleno de cuerpos dormidos y bolsas de viaje.

Se quedó de pie junto a mi asiento, mirándome desde arriba. Tenía la barba más canosa de lo que recordaba, o quizá era la luz del amanecer que no perdona.

—Daniela.

—Andrés.

—Que encuentres a tu hermana bien. Y que el mercado tenga buenas naranjas.

—Que tu madre te reconozca hoy.

Asintió. No hubo beso. No hubo intercambio de números escrito en tickets de café. Solo una mirada larga, en la que ambos supimos que lo ocurrido pertenecía al autobús, a la noche, a la tercera fila de la derecha, y que sacarlo de allí lo mataría. Luego giró y caminó hacia la puerta, encorvado, con la mochila a un lado, como cualquier pasajero que baja en una parada intermedia.

Yo me quedé en mi asiento. El autobús arrancó. A través de la ventanilla, vi su figura en la acera de la gasolinera, encogiéndose de hombros contra el frío, esperando a alguien que quizá no vendría. Luego una curva lo ocultó, y fue como si nunca hubiera existido.

El asiento a mi lado quedó vacío. Frío. Olía a café rancio y a jabón neutro. Me acomodé en el espacio que él había ocupado, apoyé la cabeza en la ventanilla que aún conservaba el calor de su sien, y cerré los ojos. No dormí. Solo conté las farolas que faltaban para Oporto, sabiendo que cada una de ellas llevaba consigo el reflejo de una mano que ya no estaba, de un deseo que no necesitaba nombre para haber sido real.

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